A la 1:01 de la madrugada del 4 de febrero de 1976, un terremoto de magnitud 7,5 rompió unos 230 km de la falla del Motagua, un importante límite de desgarre que atraviesa el centro de Guatemala entre las placas Norteamericana y del Caribe. El sismo, superficial y de madrugada, sorprendió dormida a la mayor parte del país.

El desastre mató a unas 23.000 personas y dejó más de 76.000 heridos, con más de un millón de personas sin hogar —cerca de una quinta parte de la población de Guatemala en ese momento—. Las viviendas rurales de adobe y mampostería sin refuerzo se derrumbaron casi por completo en los departamentos del altiplano más afectados, entre ellos Chimaltenango, donde algunas localidades perdieron la mayoría de sus edificios.

Los estudios de ruptura superficial del USGS hallaron que la falla del Motagua se desplazó horizontalmente más de un metro en algunos tramos, desplazando carreteras, cercas y ríos a lo largo de su recorrido —uno de los ejemplos mejor documentados de ruptura superficial de desgarre en Centroamérica—. El terremoto sigue siendo el desastre natural más mortífero de la historia moderna de Guatemala.

El terremoto de 1976 llevó a Guatemala a reformar sus códigos de construcción y sistemas de respuesta ante desastres, y sigue siendo el evento de referencia para el riesgo sísmico del sistema de fallas Motagua-Polochic en Centroamérica, que continúa siendo vigilado de cerca en la actualidad.