A las 19:34 del 23 de noviembre de 1980, un terremoto de magnitud 6,9 sacudió la comarca de Irpinia, en Campania, propagando la destrucción por Basilicata y parte de Puglia, en el sur de Italia. La ruptura implicó en realidad varios segmentos de falla que se rompieron en secuencia durante unos 40 segundos, lo que amplificó la sacudida en una zona extensa.

Murieron unas 2.900 personas, alrededor de 9.000 resultaron heridas y se calcula que 280.000 quedaron sin hogar. Unos 688 municipios sufrieron daños graves, y en decenas de pequeños pueblos de montaña, cascos históricos enteros —muchos construidos siglos atrás en piedra sin refuerzo— se derrumbaron casi por completo.

La respuesta se vio obstaculizada por una coordinación inicial caótica: los informes llegaban lentamente a Roma desde los aislados pueblos de montaña de Irpinia, retrasando horas críticas a los equipos de rescate, en un país después muy criticado por sus fallos en la respuesta a catástrofes. Los deslizamientos provocados por la sacudida, especialmente en Calitri, Caposele, Calabritto y Senerchia, agravaron la destrucción.

El terremoto de Irpinia transformó la política italiana de gestión de catástrofes: llevó directamente a la creación del actual sistema nacional de Protezione Civile y al primer gran impulso de Italia hacia códigos de construcción sismorresistente en todo el país. Sigue siendo el terremoto más mortífero de Italia desde el catastrófico seísmo de Messina de 1908.