A las 11:58 de la mañana del 1 de septiembre de 1923, un terremoto de magnitud 7,9 sacudió la llanura de Kanto, en el centro de Japón, rompiendo un tramo de la fosa de Sagami, donde la placa del Mar de Filipinas se hunde bajo la placa de Ojotsk. El epicentro se situó en la bahía de Sagami, lo bastante cerca de Tokio y del puerto de Yokohama como para devastar ambas ciudades en cuestión de segundos.

El momento lo hizo especialmente letal: ocurrió justo cuando millones de hogares encendían sus hornillos de carbón para preparar la comida del mediodía. Los hornillos volcados incendiaron la densa ciudad de madera, y los vientos cambiantes de un tifón que se aproximaba avivaron las llamas hasta convertirlas en tormentas de fuego. Una de ellas envolvió un solar abierto de Tokio donde se habían refugiado unas 38.000 personas, matando a casi todas en un solo suceso.

Investigaciones posteriores basadas en el informe oficial japonés de 1923 cifran las víctimas en unas 105.385, con el fuego responsable de cerca del 87% de las muertes frente a un 10% por derrumbe de edificios, casi al revés que en la mayoría de terremotos, donde el colapso estructural suele dominar. Las primeras estimaciones de la época llegaban hasta las 140.000 víctimas.

La catástrofe transformó el urbanismo y la construcción resistente al fuego en Japón, y el 1 de septiembre se sigue conmemorando en todo el país como el Día de la Prevención de Desastres, con simulacros de terremoto e incendio cada año en el aniversario.