A las 5:46 de la madrugada del 17 de enero de 1995, un terremoto de magnitud 6,9 sacudió el sur de la prefectura de Hyōgo, Japón, con epicentro en el estrecho de Akashi, cerca de la ciudad portuaria de Kobe. Conocido como el gran terremoto de Hanshin-Awaji, golpeó una región urbana densamente edificada mientras la mayoría de residentes aún dormía, a una profundidad somera de unos 16 km.

El terremoto mató a 6.434 personas y dejó más de 40.000 heridos, convirtiéndolo en el más mortífero de Japón desde el gran desastre de Kanto de 1923. Más de 200.000 edificios resultaron dañados o destruidos, autopistas elevadas se volcaron de lado en imágenes que dieron la vuelta al mundo, e incendios alimentados por fugas de gas ardieron durante días en barrios de madera, recordando las tormentas de fuego de 1923.

El coste económico fue enorme para la época: las estimaciones sitúan el daño total en unos 100.000 millones de dólares (unos 10 billones de yenes), equivalente a cerca del 2,5% del PIB japonés de aquel año, lo que lo convirtió brevemente en el desastre natural más costoso de la historia registrada hasta que otros eventos posteriores lo superaron. El puerto de Kobe, entonces uno de los más activos del mundo, tardó años en recuperar plenamente su volumen de tráfico.

El desastre destapó graves fallos en la respuesta ante catástrofes y en los códigos de construcción de Japón pese a su reputación de país preparado para terremotos, lo que impulsó reformas profundas: requisitos más estrictos de refuerzo sísmico para edificios existentes, una reorganización de la coordinación de emergencias entre gobierno nacional y local, y la creación de la densa red de sismógrafos de movimiento fuerte K-NET, que hoy sustenta el sistema japonés de alerta temprana ante terremotos.