A las 00:29, hora local, del 23 de diciembre de 1972, un terremoto de magnitud 6,3 sacudió el norte de Managua, capital de Nicaragua, a una profundidad somera de unos 10 km, sobre una falla que corre justo bajo la ciudad. Dos fuertes réplicas, de magnitud 5,0 y 5,2, se produjeron en la hora siguiente, agravando el pánico y los daños.

Pese a su magnitud moderada, la ruptura somera y casi urbana devastó el centro de la ciudad. Las estimaciones de víctimas van de unas 4.000 a 11.000, con cerca de 5.000 muertos entre los 400.000 habitantes de Managua, otros 20.000 heridos y unas 250.000 personas sin hogar —más de la mitad de la población desplazada.

Estudios del USGS hallaron que el terremoto rompió varias fallas cortas que atraviesan directamente el centro de Managua, una zona que antes no se consideraba de alto riesgo. Cerca del 90% del núcleo comercial quedó destruido o inutilizable, incluidos el Palacio Nacional y la catedral, y los incendios posteriores al temblor ardieron durante días porque también fallaron las tuberías de agua.

La reconstrucción se estancó durante años en medio de la turbulencia política, y gran parte del centro de Managua nunca se reconstruyó sobre su trazado original de calles —décadas después, amplias zonas del centro histórico seguían siendo solares vacíos—. El desastre sigue siendo citado por el USGS y los sismólogos centroamericanos como caso de estudio de los daños desproporcionados que puede causar un terremoto moderado, somero y cercano a una ciudad, comparado con uno mayor pero más lejano.