A las 4:31 de la madrugada del 17 de enero de 1994, un terremoto de magnitud 6,7 sacudió la zona de Northridge, en el valle de San Fernando, Los Ángeles, sobre una falla ciega hasta entonces no cartografiada, a unos 19 km bajo la superficie. Como la falla no llegaba a la superficie, los sismólogos desconocían su existencia hasta que se rompió.

El Servicio Geológico de EE. UU. (USGS) atribuye 57 muertes directamente al terremoto, aunque otros recuentos más amplios, que incluyen víctimas indirectas como infartos y un incendio, sitúan la cifra cerca de 72. Más de 9.000 personas resultaron heridas y más de 20.000 se quedaron sin hogar.

Los daños se concentraron en estructuras construidas antes de los códigos sísmicos modernos: colapsaron varios enlaces de autopistas, incluidos tramos de la autopista Antelope Valley (Ruta Estatal 14) y de la autopista Santa Mónica (Interestatal 10), junto con aparcamientos y antiguos edificios de apartamentos de 'planta blanda' cuya planta baja cedió. Las pérdidas totales se estimaron en 20.000 millones de dólares o más, uno de los desastres naturales más costosos de la historia de EE. UU. hasta entonces.

Northridge destapó debilidades en los edificios de estructura de acero soldado, que resultaron tener fracturas ocultas pese a parecer intactos, lo que impulsó una revisión nacional de los códigos de construcción en acero. También aceleró el programa californiano de refuerzo sísmico de autopistas y sigue siendo un caso de referencia en ingeniería sísmica para áreas urbanas densas construidas sobre cuencas sedimentarias que amplifican la sacudida.