A las 5:54 de la madrugada del 27 de mayo de 2006, un terremoto de magnitud 6,3 sacudió al sur de Yogyakarta, en la isla indonesia de Java, al romper la falla de Opak a una profundidad somera de solo unos 10 km. Al ocurrir de madrugada, la mayoría de los residentes seguían dormidos en sus casas cuando llegó la sacudida.

El sismo mató a unas 5.700 personas e hirió a decenas de miles más, con el distrito de Bantul como el más golpeado. Más de 150.000 viviendas quedaron destruidas o gravemente dañadas y unas 600.000 personas se quedaron sin hogar, la mayoría viviendo en casas tradicionales de ladrillo y tejado de teja que nunca se diseñaron para resistir una sacudida fuerte.

Pese a su magnitud moderada, el terremoto causó daños desproporcionados porque su ruptura somera y en tierra golpeó directamente bajo una de las regiones más densamente pobladas de Java. También dañó partes del cercano complejo de templos de Prambanan, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, agrietando relieves y derribando elementos de piedra de algunas de sus torres del siglo IX.

El Centro Nacional de Información Medioambiental de la NOAA (NCEI) registra el terremoto de Yogyakarta en su base de datos de sismos significativos con una intensidad máxima de VIII-IX en la escala de Mercalli Modificada cerca de Bantul. La agencia indonesia de gestión de desastres BNPB cita el terremoto de 2006 como un punto de inflexión que impulsó al país hacia los programas de preparación comunitaria ante terremotos, más sólidos, que todavía se usan en toda Java.